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Presidencialismo, golpes de Estado y corrupción

Por Jonatan Lemus
Publicado 27/02/2017

La mayoría de países de América Latina hicieron una transición hacia la democracia en los años ochenta. Desde ese momento, una preocupación en la ciencia política ha sido la consolidación democrática, pues el retorno al autoritarismo era una posibilidad real. Como consecuencia, una pregunta clave en la Academia ha sido: ¿Qué tipo de sistema es más apto para mantener el régimen democrático?

En ese sentido, varios académicos han cuestionado la conveniencia del sistema presidencialista para sostener la democracia. Por ejemplo, Juan Linz argumenta que el presidencialismo, al separar la elección del presidente de la de diputados, tiende en la mayoría de casos hacia el gobierno dividido. Por su parte, Giovanni Sartori asevera que el presidencialismo no funciona en la mayoría de casos. La oposición está constantemente en busca del fracaso del partido de gobierno, por lo que utiliza tácticas como el bloqueo de agenda para hacerle la vida imposible. Según Sartori, el incentivo electoral predomina en el presidencialismo y esto explica el estancamiento.

Desde esta perspectiva, la tendencia hacia un gobierno dividido hace que el presidencialismo sea más propenso a las crisis políticas. Juan Linz asegura que uno de los “peligros del presidencialismo” es la posibilidad de un retorno al autoritarismo. En el caso de Chile en 1973, por ejemplo, Linz argumenta que Salvador Allende habría dejado el poder pacíficamente de no haber sido por el sistema presidencialista.

Sartori agrega que el presidencialismo ha funcionado solamente en países como Estados Unidos donde sus ciudadanos y políticos “se han propuesto hacerlo funcionar”. Asimismo, asegura que dicho sistema encuentra retos en países con partidos ideológicos y disciplinados, pues estos hacen que los acuerdos entre oficialismo y oposición sean menos probables. Por último, el autor menciona que partidos más individualistas, pragmáticos y no ideológicos pueden permitir la conformación de alianzas y por ende, mantener el sistema a flote.

Si estos pensadores están en lo correcto, entonces queda la duda de por qué en Guatemala el presidencialismo ha sobrevivido junto con la democracia durante treinta años. En mi opinión, en Guatemala el presidencialismo, y la democracia, habrían fracasado de no ser por la existencia de las redes de corrupción. Dichas estructuras han permitido la convivencia pacífica entre el Ejecutivo y Legislativo, reduciendo la probabilidad de una crisis de régimen.

En efecto, a pesar de tener gobierno dividido la mayor parte del tiempo, la repartición de recursos públicos entre el oficialismo y la oposición ha contribuido a la sobrevivencia del sistema. Este modelo político llegó a su máximo apogeo en el 2014, cuando los partidos Patriota y Lider hicieron una alianza que les permitió configurar el presupuesto de la nación y repartirse la selección de magistrados. El carácter pragmático, individualista y no ideológico de dichos partidos permitió una alianza que en ese momento aseguró la gobernabilidad.

No cabe duda que los ciudadanos de bien desearíamos un sistema político sin corrupción y con partidos ideológicos, democráticos y disciplinados. Sin embargo, en el contexto guatemalteco, un sistema con esas características podría terminar siendo contraproducente para el sostenimiento de la democracia. Partidos ideológicos, poco flexibles a la formación de alianzas, fácilmente podrían caer en la polarización (véase tema jurisdicción indígena), la cual podría resultar en una crisis de régimen.

El reto de los tomadores de decisión es entonces, identificar las variables que podrían reemplazar a las redes de corrupción como el mecanismo para asegurar la gobernabilidad democrática. De lo contrario, podríamos encontrarnos con un sistema donde la corrupción se redujo, pero retornan los fantasmas de golpes de Estado, inestabilidad política y estancamiento.

Sociedad de Plumas es una red de colaboradores comprometidos con promover en las páginas editoriales el balance, el contraste y la propuesta constructiva.

 

 

 

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