Blog - Sociedad de Plumas








¿Cómo entendemos la libertad? 

Por Lesly Veliz
Publicado 06/03/2017

La palabra libertad es sumamente compleja. En su nombre, el ser humano es capaz de hacer el mejor acto de bondad o la peor atrocidad. En sociedades como la nuestra, aún no nos ponemos de acuerdo (como en muchísimos otros temas) sobre cómo llevar a la práctica ese derecho humano.

Y ese debate se expone siempre en temas como los de la defensa de la vida, la protección animal y hasta los tradicionales bloqueos en carreteras.

“No sé por qué no terminamos de entender algo tan sencillo”, decía un sacerdote amigo en una conversación informal. “La libertad es fácil de entender. A ver. La libertad es la posibilidad de hacer lo que yo quiera, siempre y cuando no hiera a otros con mis decisiones”.

Herir, desde la perspectiva de este religioso, es afectar, lastimar, ser egoísta. Coincido con esta posición, porque cuando veo el tema de la libertad en la perspectiva social, aplica perfectamente.

Por ejemplo, la postura abortista señala que las mujeres son libres de hacer con su cuerpo lo que quieran, pero olvida un detalle muy importante: Se está decidiendo sobre la vida de alguien más, y eso, bajo ninguna perspectiva es justo. “No piensa, no siente, no es un ser humano aún…”, son frases que solo justifican un acto egoísta; nos acostumbramos a una visión reduccionista del concepto de la vida.

Entiendo que hay una terrible indignación social porque cada vez vemos a más niñas que se convierten en madres, y tienen toda la razón, son situaciones condenables que la sociedad debe enfrentar con valentía. Para lograrlo, debe trabajarse en la prevención, en la educación y en el respeto de la dignidad humana.

Lo anterior, porque la libertad es sinónimo de vida; nunca se acompaña por la muerte. El papa Juan Pablo II, en su Encíclica Evangelium Vitae, de 1995, claramente expone: “El primer paso fundamental para realizar este cambio cultural consiste en la formación de la conciencia moral sobre el valor inconmensurable e inviolable de toda vida humana. Es de suma importancia redescubrir el nexo inseparable entre vida y libertad. Son bienes inseparables: donde se viola uno, el otro acaba también por ser violado. No hay libertad verdadera donde no se acoge y ama la vida; y no hay vida plena sino en la libertad”.

Amar la vida implica también valorarla en todas sus manifestaciones, y por esto mencionaba al inicio el tema de la protección animal. En redes sociales se leía en los últimos días la indignación generalizada por la matanza de perros en Sololá y el brutal ataque que sufrió el hipopótamo Gustavito en El Salvador. Los cibernautas cuestionaban estas prácticas, y hubo un comentario que llamó mi atención: “¿Qué les extraña? Si en este país somos capaces de abortar a un niño, ¿cómo no se va a menospreciar todavía más la vida de un perro?”. Un mensaje fuerte, que, al menos a mí, me llevó a reflexionar.

La reciente coyuntura social debe empujarnos a evaluar a la raza humana en general. Sin duda alguna, hemos abusado históricamente de nuestra libertad y, por lo tanto, de seres más indefensos.

Es triste ver cómo se ha enarbolado una libertad falsa que escuda muchas acciones que nos han llevado como sociedad por caminos equivocados. En las redes sociales podemos ver que, en el nombre de la libertad, insultamos, descalificamos y hacemos un derroche de intolerancia que, lejos de construir y aportar soluciones, nos hace dar vueltas alrededor del mismo agujero.

Yo, particularmente, me quedo con la idea que aportaba el sacerdote: libertad = respeto.

 

 

 

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