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Las marchas fúnebres guatemaltecas 

Por Phillip Chicola
Publicado 13/04/2017

Después de la marimba, las marchas interpretadas en los cortejos de Semana Santa, son el segundo mayor aporte de Guatemala a la música occidental. Su evolución histórica y sus características le convierten en un género musical único, que le diferencia incluso de sus pares españolas e italianas.

Sus orígenes se remontan a fines del siglo XIX, cuando luego de la expulsión del clero durante la Reforma Liberal, la organización de los ceremoniales religiosos pasó a manos de hermandades laicas. En el proceso, la música sacra administrada por los Maestros de Órgano de las Iglesias, y que contenía composiciones para órgano, orquesta y coros, fue sustituida por obras interpretadas por bandas marciales. Aquí se incorporan piezas del romanticismo europeo, entre ellas, la Marcha Fúnebre de Chopin, las composiciones de Ludwig van Beethoven, Hector Berlioz, y las obras de Karl von Lattan para los protocolos fúnebres del Ejército Imperial Alemán. El proceso cultural fue un reflejo del zeitgeist o espíritu de la época: la laicización de lo religioso y la incorporación de elementos militares la vida cultural.

A partir de 1880, aparecen las primeras obras de autores nacionales, quienes en su mayoría, estudiaron en la Escuela de Músicos Militares. Emilio Dressner, Santiago Coronado, Marcial Prem y Rafael Álvarez Ovalle son referentes de esta primera generación de compositores, y sus obras aún forman parte del reservorio musical de la época.

Desde entonces, las piezas fúnebres guatemaltecas adoptaron la estructura propia de las marchas militares. Son composiciones generalmente de tres secciones, escritas en tonalidad menor, con una sección final que se caracteriza por la suavidad melódica. A nivel rítmico, están escritas en un tiempo de 4/4 (cuatro cuartos), con acentuación (por medio del bombo y los platillos) en los tiempos dos y cuatro. Mientras que en la melodía central, resalta la participación de los instrumentos de viento madera (clarinetes) y viento metal (trompetas).

Las décadas de los veinte, cincuenta y sesenta fueron particularmente ricas en cuanto a su legado. El gran grueso de composiciones que se interpretan hoy en día, fueron escritas por autores cuya mayor contribución ocurrió en dichos años. Aquí resalta el legado de autores como Manuel Moraga, Fabián Rojo, Manuel Ramírez Crocker, Rafael García Reynolds y Fray Miguel Murcia.

Asimismo, a lo largo de estos 130 años de historia, las composiciones nacionales han incorporado elementos importados de otras latitudes. Por ejemplo, en los años cincuenta, luego del estreno de la película Ben Hur, se incorporaron elementos melódicos de fanfarrias romanas. Asimismo, en la última década, la revolución informática ha facilitado la importación de marchas de autores españoles e italianos al repertorio nacional.

Este es tan solo un pequeño ejemplo de la riqueza cultural que se esconde bajo las tradiciones de la época.

 

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